Despojémonos de todo cuanto
nos conformó a imagen y semejanza
nuestra,
y gustemos sabiamente, para el recuerdo,
el minuto absurdo y libre.
Susana Thénon
Una niña con escopeta, una mujer que ve el mundo desde las cuatro paredes de su cuarto, atraviesa las canciones como un espasmo o un recuerdo. Corta, regraba, experimenta con los instrumentos que tiene a disposición. Absurdo y libre es el universo que holy girl construye –o deconstruye– en su primer disco, Canciones para pequeñas dispositivos, publicado en 2024. Juego, el poema que introduce esta reseña, sintetiza la actitud artística de holy: sonidos electrónicos, samples, voces y ruidos de la ciudad se entremezclan creando atmósferas cargadas de emoción. La imaginación es reina.
No lo pienses tanto. Teclados de todos los colores, beats que rompen el silencio y llaman la atención, pequeños dispositivos interrumpidos por la transmisión diaria. “Estoy aburrida de ver a niños arriba de un escenario / debería ser yo” son las primeras palabras de este disco lleno de digresiones: una niña envidia la pose de siempre, los tipos animándose a decir, a producir, a hacer. Nosotras en el cuarto un manojo de pudor y pensamientos intrusivos. Si ella no se anima a mostrarse, quisiera ver la guitarra (de ese niño) rota sobre el amplificador.
Estas canciones podrían ser perfectamente audios de WhatsApp, fragmentos de alguien intentando ser: “trato de hacer / de encajar / en todas las canciones de amor / pero se me está haciendo difícil”, canta en Algo va a pasar. Ya estamos completamente dentro de su delirio sonoro, donde todo es posible. Sintetizadores y bombos grotescos transforman el tema en un ambiente más pop y feliz que el anterior, hasta que vuelve el piano. “Alguno de estos días algo va a pasar”. Y lo que pasa es lo impredecible: las otras canciones que no llegaron a ser y que intervienen su discurso con absoluta organicidad.
La voz, con sus imperfecciones, se impone y dispara: recarga la ametralladora en el tercer tema, Holy Girl 2, una carta de presentación: “Yo soy una perra triste que escucha a los Smith / sensible miro filmes y leo Pizarnik (…) soy más adictiva que una serie de Netflix”. Alterna lo común con lo freak, llevándonos a un sonido más eléctrico, oscuro e incluso bailable. Es difícil reconocer influencias en una propuesta tan experimental, tanto en lo compositivo como en la producción. Lo primero que pensé fue en el disco de Deforma, una banda de mujeres jóvenes que debutó en 2024 con eso que está ahí es un puente. Recién en la cuarta canción creo oír algo de Darnauchans: su poesía pesimista y sus giros melódicos. Estrella fugaz vuelve a la guitarra acústica, con un tono melancólico y confesional: “pero cuando te sientas muy mal / voy a aparecer como un síntoma / lo que me pidas te voy a dar / seré tu héroe en esta noche oscura y fea.”
Tú me gustas, tu me gustas es probablemente la canción más estructurada, y la repetición la vuelve pegadiza: Permítanme imaginar / cosas que nunca van a pasar / si no lo analizo me gustás tú me gustás. Pequeño manifiesto: imaginar lo posible como refugio. Tenemos derecho a fantasear y a crear otros lugares donde existir. La realidad es inminente; por eso conservar ese espíritu infantil se vuelve una necesidad.
El track seis, Se van, se van, recuerda el tedio de la monotonía: “Me da mucha pena llegar a mi casa y que el día haya sido como ayer”. Entonces se lanza a una luz roja: pasan los autos, no le importa. El sinsentido es central en este disco y dialoga con sus decisiones estéticas: una especie de ambulancia corrompe la canción, como en otros temas.
Hacia el final, la ternura vuelve a lo elemental: “un verano en el centro / solas juntas vos y yo / en un cine vacío / es todo lo que pido / quiero darte la mano no me importa el telón”. Los sentimientos más puros no quitan lo bizarro. La ridiculez del orden establecido reclama su ironía: este disco podría ser un meme; por eso exige al oyente solemne: “¡No me molestes más!”
El último tema deja un sabor denso y triste, sostenido por los voicings del piano y la fragilidad de su canto. “Soy amiga de las nubes / que pasan por mi ventana / (…) a veces quiero ser ellas / quiero ser lo que tú quieras”. Escapa otra vez a lo serio: esto es fantasía. No podés encerrarlo en tus lógicas duras de intelectual. Esto es la emoción, sus deformaciones y sus digresiones, la materia invisible que hace a Un castillo de nubes.
Permítanme imaginar que la canción puede ser fresca, nueva y sincera. Que en mi sola habitación puedo convertirme en lo que deseo. En este tiempo de pequeños dispositivos, donde todo pretende ser concepto e imagen tuneada por la IA, permítanme imaginar que no está todo inventado. Que aún es posible hacer un disco con la liviandad de un chiste, y que no por eso es menos importante.
Febrero del 2026
//
Reseña
Por La Gata Bajo la Lluvia
Canciones para
pequeñas dispositivos
foto: archivo de dominio público de la imagen
Febrero del 2026
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Reseña
Despojémonos de todo cuanto
nos conformó a imagen y semejanza
nuestra,
y gustemos sabiamente, para el recuerdo,
el minuto absurdo y libre.
Susana Thénon
Una niña con escopeta, una mujer que ve el mundo desde las cuatro paredes de su cuarto, atraviesa las canciones como un espasmo o un recuerdo. Corta, regraba, experimenta con los instrumentos que tiene a disposición. Absurdo y libre es el universo que holy girl construye –o deconstruye– en su primer disco, Canciones para pequeñas dispositivos, publicado en 2024. Juego, el poema que introduce esta reseña, sintetiza la actitud artística de holy: sonidos electrónicos, samples, voces y ruidos de la ciudad se entremezclan creando atmósferas cargadas de emoción. La imaginación es reina.
No lo pienses tanto. Teclados de todos los colores, beats que rompen el silencio y llaman la atención, pequeños dispositivos interrumpidos por la transmisión diaria. “Estoy aburrida de ver a niños arriba de un escenario / debería ser yo” son las primeras palabras de este disco lleno de digresiones: una niña envidia la pose de siempre, los tipos animándose a decir, a producir, a hacer. Nosotras en el cuarto: un manojo de pudor y pensamientos intrusivos. Si ella no se anima a mostrarse, quisiera ver la guitarra (de ese niño) rota sobre el amplificador.
Estas canciones podrían ser perfectamente audios de WhatsApp, fragmentos de alguien intentando ser: “trato de hacer / de encajar / en todas las canciones de amor / pero se me está haciendo difícil”, canta en Algo va a pasar. Ya estamos completamente dentro de su delirio sonoro, donde todo es posible. Sintetizadores y bombos grotescos transforman el tema en un ambiente más pop y feliz que el anterior, hasta que vuelve el piano. “Alguno de estos días algo va a pasar”. Y lo que pasa es lo impredecible: las otras canciones que no llegaron a ser y que intervienen su discurso con absoluta organicidad.
La voz, con sus imperfecciones, se impone y dispara: recarga la ametralladora en el tercer tema, Holy Girl 2, una carta de presentación: “Yo soy una perra triste que escucha a los Smith / sensible miro filmes y leo Pizarnik (…) / soy más adictiva que una serie de Netflix”. Alterna lo común con lo freak, llevándonos a un sonido más eléctrico, oscuro e incluso bailable. Es difícil reconocer influencias en una propuesta tan experimental, tanto en lo compositivo como en la producción. Lo primero que pensé fue en el disco de Deforma, una banda de mujeres jóvenes que debutó en 2024 con eso que está ahí es un puente. Recién en la cuarta canción creo oír algo de Darnauchans: su poesía pesimista y sus giros melódicos. Estrella fugaz vuelve a la guitarra acústica, con un tono melancólico y confesional: “pero cuando te sientas muy mal / voy a aparecer como un síntoma / lo que me pidas te voy a dar / seré tu héroe en esta noche oscura y fea.”
Tú me gustas, tu me gustas es probablemente la canción más estructurada, y la repetición la vuelve pegadiza: “Permítanme imaginar / cosas que nunca van a pasar / si no lo analizo me gustas tú me gustas.” Pequeño manifiesto: imaginar lo posible como refugio. Tenemos derecho a fantasear y a crear otros lugares donde existir. La realidad es inminente; por eso conservar ese espíritu infantil se vuelve una necesidad.
El track seis, Se van, se van, recuerda el tedio de la monotonía: “Me da mucha pena llegar a mi casa y que el día haya sido como ayer”. Entonces se lanza a una luz roja: pasan los autos, no le importa. El sinsentido es central en este disco y dialoga con sus decisiones estéticas: una especie de ambulancia corrompe la canción, como en otros temas.
Hacia el final, la ternura vuelve a lo elemental: “un verano en el centro / solas juntas vos y yo / en un cine vacío / es todo lo que pido / quiero darte la mano no me importa el telón”. Los sentimientos más puros no quitan lo bizarro. La ridiculez del orden establecido reclama su ironía: este disco podría ser un meme; por eso exige al oyente solemne: “¡No me molestes más!”.
El último tema deja un sabor denso y triste, sostenido por los voicings del piano y la fragilidad de su canto. “Soy amiga de las nubes / que pasan por mi ventana / (…) a veces quiero ser ellas / quiero ser lo que tú quieras”. Escapa otra vez a lo serio: esto es fantasía. No podés encerrarlo en tus lógicas duras de intelectual. Esto es la emoción, sus deformaciones y sus digresiones, la materia invisible que hace a Un castillo de nubes.
Permítanme imaginar que la canción puede ser fresca, nueva y sincera. Que en mi sola habitación puedo convertirme en lo que deseo. En este tiempo de pequeños dispositivos, donde todo pretende ser concepto e imagen tuneada por la IA, permítanme imaginar que no está todo inventado. Que aún es posible hacer un disco con la liviandad de un chiste, y que no por eso es menos importante.
Por La Gata Bajo la Lluvia