foto: archivo de dominio público de la imagen
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Debo confesar que escribí y descarté este pequeño ensayo unas diez veces. Una de las características de ser productora independiente es ser invisible, entonces, alzar la voz, contar mi experiencia, las miles de dificultades que atravesé, las millones de cosas que aprendí… se siente raro.
Pensé incluso en no hacerla, en decirle a la bella comunidad de Cuchicheo que no me daba para plasmar en palabras lo complejo de mi decisión de elegir ser gestora de cultura, de ser creadora y habilitadora de espacios artísticos, de ser mente creativa tras bambalinas de proyecto tras proyecto.
Pero entonces me llegó un mensaje: “estimada (identidad secreta), quedaste en lista para mi show junto a cuatro entradas (…) es tremendo gusto invitarte y que puedas ir, siempre me has apoyado y quería invitarte”.
Esta invitación no es la primera, pero por algún motivo se sintió profunda, se sintió como un soplo de aire en un ambiente en el que no paro de sentirme asfixiada. No voy a mentir, no es fácil. Producir sin contar con ningún apoyo, en un rol absolutamente precarizado quienes requieren de tus servicios es agotador. Tenés que articular, contactar y crear encuentros de arte totalmente sola, abandonada a tu suerte, soportando maltratos, invisibilizaciones constantes por parte de personas con más poder y más plata, que requieren de tus servicios para que sus negocios funcionen, que en el fondo odian depender de nosotrxs, tanto de artistas como de productores artísticos.
Es difícil y estresante, llega un momento en que ya no podés escuchar ni una canción más, ni un poema, ni una presentación de un libro, ni una perfo, ni un show de baile… y algo hermoso que surge en un principio de un amor y una afinidad absoluta se convierte en tedio, debido a la necesidad de productividad a la que lxs jóvenes nos vemos expuestos y que puede llegar a asfixiarnos en el día a tras día.
Producir y gestionar cultura es un trabajo en el que estás inmersa 24/7, mensaje tras mensaje, demanda y necesidad tras otra. Y a veces perdés el rumbo y después de tres años de no parar, te sentás a escribir una nota sobre el asunto y lo único que queres es mudarte al medio de una montaña y no tratar con ningún ser humano nunca más.
Pero después, después armás algo, algo que te sale del alma porque en el fondo no podés extirpar esa parte de lo que sos. Porque aquellxs que hacemos cultura tenemos algo que nos motiva. En mi caso, hacer funcionar a mi escala la cultura independiente y lograr armar espacios para que gurisxs que por primera vez van a tocar su guitarra o leer sus poemas en público logren hacerlo, y sentirse bien, y que años después aún lo recuerden, aún se acuerden de ese primer toque mientras arman su toque para 100, 200 personas. Eso es algo conmovedor.
En el fondo los y las que hacemos esto amamos lo que hacemos, amamos los errores de esas primeras veces, amamos las instancias de diálogo con aquellxs que crean y amamos aprender de ellxs.
A esta altura no me acuerdo ya de cuántas cosas hice, de cuántas presentaciones de álbumes, de cuántos toques, de cuántas lecturas, de cuántos encuentros. Ya perdí la cuenta. Algunos fueron terribles, otros olvidables, otros maravillosos, otros extremadamente problemáticos y plagados de errores. Pero viéndolo en retrospectiva, mientras escribo, entiendo que cada uno me hizo ser mejor, me hizo mejor creadora, mejor gestora y por ende, mejor mente creativa y, por qué no, mejor artista.
Me imagino que aquellxs que hacen arte también deben sentirse así, o al menos eso espero, porque hacer cultura en Uruguay es tarea para valientes, porque es frustrante y porque queremos hacer cosas enormes y nadie nos tira un salvavidas.
Pero desde mi humilde lugar, mi consejo para quienes están hace tiempo, para quienes están empezando y para quienes están pensando en empezar: no se asusten ni se rindan. Es frustrante, es doloroso, pero es también gratificante y enriquecedor, cuando desde la nada, logramos hacer tanto.
Lo que sí nos falta es hablar, tejer más redes y empezar a darnos cuenta del valor absoluto de nuestra cultura, que es innegable. El talento es descomunal. Es momento de comenzar a pensar en cómo ocupar los espacios, desde qué lugar, y dejar de habilitar que quienes cuentan con un espacio para hacer algo nos traten como si nos estuvieran haciendo un favor, porque señores, señoras y señoris: sin nosotrxs sus negocios no funcionan.
Por La Tía Britney
Crónicas y pensamientos
de una gestora cultural independiente
Febrero del 2026
//
Cuchicheo
Febrero del 2026
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Cuchicheos
Debo confesar que escribí y descarté este pequeño ensayo unas diez veces. Una de las características de ser productora independiente es ser invisible, entonces, alzar la voz, contar mi experiencia, las miles de dificultades que atravesé, las millones de cosas que aprendí… se siente raro.
Pensé incluso en no hacerla, en decirle a la bella comunidad de Cuchicheo que no me daba para plasmar en palabras lo complejo de mi decisión de elegir ser gestora de cultura, de ser creadora y habilitadora de espacios artísticos, de ser mente creativa tras bambalinas de proyecto tras proyecto.
Pero entonces me llegó un mensaje: “estimada (identidad secreta), quedaste en lista para mi show junto a cuatro entradas (…) es tremendo gusto invitarte y que puedas ir, siempre me has apoyado y quería invitarte”.
Esta invitación no es la primera, pero por algún motivo se sintió profunda, se sintió como un soplo de aire en un ambiente en el que no paro de sentirme asfixiada. No voy a mentir, no es fácil. Producir sin contar con ningún apoyo, en un rol absolutamente precarizado por quienes requieren de tus servicios es agotador. Tenés que articular, contactar y crear encuentros de arte totalmente sola, abandonada a tu suerte, soportando maltratos, invisibilizaciones constantes por parte de personas con más poder y más plata, que requieren de tus servicios para que sus negocios funcionen, que en el fondo odian depender de nosotrxs, tanto de artistas como de productores artísticos.
Es difícil y estresante, llega un momento en que ya no podés escuchar ni una canción más, ni un poema, ni una presentación de un libro, ni una perfo, ni un show de baile… y algo hermoso que surge en un principio de un amor y una afinidad absoluta se convierte en tedio, debido a la necesidad de productividad a la que lxs jóvenes nos vemos expuestos y que puede llegar a asfixiarnos en el día a tras día.
Producir y gestionar cultura es un trabajo en el que estás inmersa 24/7, mensaje tras mensaje, demanda y necesidad tras otra. Y a veces perdés el rumbo y después de tres años de no parar, te sentás a escribir una nota sobre el asunto y lo único que queres es mudarte al medio de una montaña y no tratar con ningún ser humano nunca más.
Pero después, después armás algo, algo que te sale del alma porque en el fondo no podés extirpar esa parte de lo que sos. Porque aquellxs que hacemos cultura tenemos algo que nos motiva. En mi caso, hacer funcionar a mi escala la cultura independiente y lograr armar espacios para que gurisxs que por primera vez van a tocar su guitarra o leer sus poemas en público logren hacerlo, y sentirse bien, y que años después aún lo recuerden, aún se acuerden de ese primer toque mientras arman su toque para 100, 200 personas. Eso es algo conmovedor.
En el fondo los y las que hacemos esto amamos lo que hacemos, amamos los errores de esas primeras veces, amamos las instancias de diálogo con aquellxs que crean y amamos aprender de ellxs.
A esta altura no me acuerdo ya de cuántas cosas hice, de cuántas presentaciones de álbumes, de cuántos toques, de cuántas lecturas, de cuántos encuentros. Ya perdí la cuenta. Algunos fueron terribles, otros olvidables, otros maravillosos, otros extremadamente problemáticos y plagados de errores. Pero viéndolo en retrospectiva, mientras escribo, entiendo que cada uno me hizo ser mejor, me hizo mejor creadora, mejor gestora y por ende, mejor mente creativa y por qué no, mejor artista.
Me imagino que aquellxs que hacen arte también deben sentirse así, o al menos eso espero, porque hacer cultura en Uruguay es tarea para valientes, porque es frustrante y porque queremos hacer cosas enormes y nadie nos tira un salvavidas.
Pero desde mi humilde lugar, mi consejo para quienes están hace tiempo, para quienes están empezando y para quienes que están pensando en empezar: no se asusten ni se rindan. Es frustrante, es doloroso, pero es también gratificante y enriquecedor, cuando desde la nada logramos hacer tanto.
Lo que sí nos falta es hablar, tejer más redes y empezar a darnos cuenta del valor absoluto de nuestra cultura, que es innegable. El talento es descomunal. Es momento de comenzar a pensar en cómo ocupar los espacios, desde qué lugar, y dejar de habilitar que quienes cuentan con un espacio para hacer algo nos traten como si nos estuvieran haciendo un favor, porque señores, señoras y señoris: sin nosotrxs sus negocios no funcionan.
Por La Tía Britney